El muerto

May 15, 2007 by platero323

El muerto Jorge Luis BorgesQue un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin másvirtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de lafrontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemanoimposible. A quienes lo entienden así, quiero contarles el destino de BenjaminOtálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de Balvanera y quemurió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro losdetalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliarestas páginas. Por ahora, este resumen puede ser útil.Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frentemezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz leha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario,tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de laparroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora seembarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles deMontevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con AzevedoBandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a unaltercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de quélado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la barajao la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a unhombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser AzevedoBandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo así mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión deser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, elnegro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa lacara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso.Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con quese produjo. Otálora bebe con los troperos y luego los acompaña a una farra yluego a un caserón en la Ciudad Vieja, ya con el sol bien alto. En el último patio,que es de tierra, los hombres tienden su recado para dormir. Oscuramente,Otálora compara esa noche con la anterior; ahora ya pisa tierra firme, entreamigos. Lo inquieta algún remordimiento, eso sí, de no extrañar a Buenos Aires.Duerme hasta la oración, cuando lo despierta el paisano que agredió, borracho,a Bandeira. (Otálora recuerda que ese hombre ha compartido con los otros lanoche de tumulto y de júbilo y que Bandeira lo sentó a su derecha y lo obligó aseguir bebiendo.) El hombre le dice que el patrón lo manda buscar. En una  Page No 2 suerte de escritorio que da al zaguán (Otálora nunca ha visto un zaguán conpuertas laterales) está esperándolo Azevedo Bandeira, con una clara ydesdeñosa mujer de pelo colorado. Bandeira lo pondera, le ofrece una copa decaña, le repite que le está pareciendo un hombre animoso, le propone ir al Nortecon los demás a traer una tropa. Otálora acepta; hacia la madrugada están encamino, rumbo a Tacuarembó.Empieza entonces para Otálora una vida distinta, una vida de vastosamaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva paraél, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombresde otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombreque entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajolos cascos. Otálora se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador;antes de un año se hace gaucho. Aprende a jinetear, a entropillar la hacienda, acarnear, a manejar el lazo que sujeta y las boleadoras que tumban, a resistir elsueño, las tormentas, las heladas y el sol, a arrear con el silbido y el grito. Sólouna vez, durante ese tiempo de aprendizaje, ve a Azevedo Bandeira, pero lotiene muy presente, porque ser hombre de Bandeira es ser considerado ytemido, y porque, ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lohace mejor. Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en RioGrande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvaspopulosas, de ciénagas, de inextricable y casi infinitas distancias.Gradualmente, Otálora entiende que los negocios de Bandeira son múltiples yque el principal es el contrabando. Ser tropero es ser un sirviente; Otálora sepropone ascender a contrabandista. Dos de los compañeros, una noche,cruzarán la frontera para volver con unas partidas de caña; Otálora provoca auno de ellos, lo hiere y toma su lugar. Lo mueve la ambición y también unaoscura fidelidad. Que el hombre (piensa) acabe por entender que yo valgo másque todos sus orientales juntos.Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, laciudad (que a Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; loshombres tienden los recados en el último patio. Pasan los días y Otálora no havisto a Bandeira. Dicen, con temor, que está enfermo; un moreno suele subir asu dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le encomiendan a Otáloraesa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente,hay una larga mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores,de cintos, de armas de fuego y de armas blancas, hay un remoto espejo quetiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba; sueña y se queja; unavehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece disminuirlo yoscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años.Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría paradar cuenta de él. En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer depelo rojo; está a medio vestir y descalza y lo observa con fría curiosidad.Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la campaña y despacha  Page No 3 mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le dalicencia a Otálora para irse.Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida,que está como en cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni unarroyo la alegran, el primer sol y el último la golpean. Hay corrales de piedrapara la hacienda, que es guampuda y menesterosa. El Suspiro se llama esepobre establecimiento.Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no tardará en llegar deMontevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero agauchadoque está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma,pero le halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeirase ha enemistado con uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado suapoyo. Le gusta esa noticia.Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata parael aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de lascuchillas, una mañana, un jinete sombrío, de barba cerrada y de poncho. Sellama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira.Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora no sabe si atribuir sureserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso si, que para el planque está maquinando tiene que ganar su amistad.Entra después en el destino de Benjamin Otálora un colorado cabos negros quetrae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado y carona con bordesde piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón y poreso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, ala mujer de pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributoso adjetivos de un hombre que él aspira a destruir.Aquí la historia se complica y se ahonda. Azevedo Bandeira es diestro en el artede la intimidación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutorgradualmente, combinando veras y burlas; Otálora resuelve aplicar ese métodoambiguo a la dura tarea que se propone. Resuelve suplantar, lentamente, aAzevedo Bandeira. Logra, en jornadas de peligro común, la amistad de Suárez.Le confía su plan; Suárez le promete su ayuda. Muchas cosas van aconteciendodespués, de las que sé unas pocas. Otálora no obedece a Bandeira; da enolvidar, en corregir, en invertir sus órdenes. El universo parece conspirar con él yapresura los hechos. Un mediodía, ocurre en campos de Tacuarembó un tiroteocon gente riograndense; Otálora usurpa el lugar de Bandeira y manda a losorientales. Le atraviesa el hombro una bala, pero esa tarde Otálora regresa alSuspiro en el colorado del jete y esa tarde unas gotas de su sangre manchan lapiel de tigre y esa noche duerme con la mujer de pelo reluciente. Otrasversiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en unsolo día.  Page No 4 Bandeira, sin embargo, siempre es nominalmente el jefe. Da órdenes que no se ejecutan; Benjamín Otálora no lo toca, por una mezcla de rutina y de lástima.La última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de1894. Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero. Alguien infinitamente rasguea una trabajosamilonga. En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobreexultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de suirresistible destino. Bandeira, taciturno entre los que gritan, deja que fluya clamorosa la noche. Cuando las doce campanadas resuenan, se levanta como quien recuerda una obligación. Se levanta y golpea con suavidad a la puerta dela mujer. Ésta le abre en seguida, como si esperara el llamado. Sale a mediovestir y descalza. Con una voz que se afemina y se arrastra, el jefe le ordena:—Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos. Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa lacara y el pecho. Ulpiano Suárez ha empuñado el revólver. Otálora comprende,antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenadoa muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lodaban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.Suárez, casi con desdén, hace fuego.  

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May 14, 2007 by platero323

   Jaime Bayly – Yo no quiero ser presidente Anoche comí con un amigo guapo y encantador que quiere ser presidente como muchos otros caballeros menos guapos por cierto que también quieren ser presidentes del mismo vapuleado país en el que nos tocó nacer hace casi veinte años cuando estaba en la universidad y no había hecho el amor ni aspirado cocaína yo también soñaba con ser presidente pero ahora me da una flojera infinita imaginarme siquiera en tan alta y espesa magistratura al servicio de mis compatriotas yo no quiero ser presidente no quiero ser ministro no quiero ser congresista no quiero servir al pueblo yo sólo deseo fervientemente servirme a mí mismo no quiero ser presidente por un sinnúmero de razones como por ejemplo me gusta pecar en secreto dormir hasta tarde ir al cine solo no hablar con nadie un día entero viajar cada vez menos no tomar decisiones graves ni usar calzoncillos y supongo que un presidente democrático al menos debe usar siempre calzoncillos blancos e idealmente nacionales qué pereza ser presidente despertarse temprano inaugurar carreteras romper botellas de champagne viajar aquí y allá dar discursos memorables amar a los pobres recorrer la patria sin descanso departir con los ministros ser muy optimista tener fe en el futuro  Page No 2  decir cosas sensatas qué pereza dios mío ser cinco años seguidos el ciudadano modelo el hombre ejemplar la luz al final del túnel cuando es tanto más rico quedarse un rato en el túnel oscurito si yo fuera presidente tomaría decisiones valientes como por ejemplo no ponerme calzoncillos andar en jeans dormir la siesta viajar lo menos posible ganar un millón al año manejar mi propio carro (con un audi me conformo) dormir en mi casa hacer fiestas en palacio nombrar ministras guapísimas embajadores todos gays (se lo merecen/lo harían regio) despedir a los militares (los detesto/sarta de pillarajos) jamás asistir a un te deum (e incluso hostigar al cardenal) y terminar mis discursos con dos frases en inglés i’m your man and stay cool yo no quiero ser presidente por todo eso y algo más: porque ser el preferido de la mayoría suele ser una vulgaridad  

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May 14, 2007 by platero323

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